La espera que nunca llegará

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Ella observa en silencio el humo de su cigarro. Su cabeza divaga, pensando en nada y en todo. Completamente sola se pasa las horas en aquel bar de luces tenues y música jazz en el fondo.

La vida le ha dado un revés, no se lo esperaba, no lo veía venir. Cristina sólo sabe que espera algo que nunca llegará. Le dice a su amigo Fabián: el bohemio, el poeta… el músico, que toque su tema favorito: My Funny Valentine con su trompeta, al estilo de Chris Botti. Y mientras su amigo la complace, notando que algo le sucede pero sin saber qué, la música comienza a sonar.

Cristina le da otra jalada a su cigarro y mientras se queda ida mirando sin ver, aquel cenicero está a punto de reventar.

  • “Jack, sirveme otro martini, necesito desahogar esta pena”

El corazón de Cristina quiere colapsar; su mundo se vino abajo al levantar el teléfono esta mañana. Su madre, la luz de sus ojos, su mejor amiga y compañera había sufrido un infarto y ya no estará más junto a ella.

Al pensar en eso sus ojos se llenan de lágrimas. Una lágrima negra corre por su mejilla y aquel maquillaje perfecto comienza a desaparecer. Aquella mujer segura de sí, sexy y de carácter se ha desplomado.

Cuánto desea Cristina volver a su infancia, volver a vivir todos esos años de alegría junto a su madre, poder abrazarla nuevamente y decirle una vez más cuánto la ama; pero no, no se puede… no va a pasar.

Y mientras su mente se pierde en este momento, que todos temen pero que todos pasarán, My Funny Valentine llega a su fin. Se consuela al pensar que las grandes enseñanzas siempre le quedarán. Quizás la vida continúe, hoy no -al menos para ella-, pero un día la pena pasará o al menos se acostumbrará a vivir con ella. Volverá a ser la mujer segura de sí, firme, elegante y sexy; y seguirá los pasos de su madre, aquella mujer que con coraje sacó adelante a su hija haciéndole la profesional que hoy día es. Algún día Cristina honrará su memoria.

Pero hoy no, hoy no puede. Hoy es una noche para llorar, para esperar el abrazo de su madre que nunca llegará. Y mientras aquel cigarro se convierte en una colilla más del cenicero, Cristina se seca la lágrima negra, da una sonrisa tímida y le dice a su amigo el bohemio: “Fabián, tócala otra vez”.

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