Una visita inesperada

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Eran las 12:00 de la noche, 31 de octubre. Isabella caminaba de vuelta a casa después de estar en una fiesta de Halloween. Aunque se notaba en la ciudad un ambiente de fiesta, de amigos, risas y disfraces; muy por el contrario, en el oscuro callejón donde se encontraba, era su sombra la única que la acompañaba. De no ser por la tímida luz de ese faro, que apenas parpadeaba, no alcanzaría a ver ni su propia mano.

“Pero ¿qué he hecho? ¿por qué tomé este camino a casa? -se decía a sí misma. “Ya no hay marcha atrás, mejor continuar”.

La temperatura comenzaba a bajar. La brisa sospechosa que se sentía, daba para pensar que se acercaba una tormenta. Los árboles secos se mecían y dejaban caer las hojas débiles que se rendían ante la inclemencia del tiempo. Como una barrida del desierto, un grupo de hojas volaron en dirección a su norte. El miedo se apoderó de ella, pues estaba sola, era de noche y era Halloween. La imaginación comienza a ponerse creativa en estas circunstancias.

“¿Por qué me regresé sola a casa? Debí esperar que alguien me acompañara. Pero ya no quería esperar más. Se estaba tornando aburrida la fiesta. O quizás soy yo la aburrida. Esto me pasa por ser tan inventora en un país extraño. Me hace falta su compañía. Si tan sólo hubiese viajado conmigo por unos días, seguro todo sería mas entretenido y no estaría aquí sola, caminando por este callejón. Sólo me falta Jack el Destripador. Al menos no luzco como prostituta. Pero que más da. Espero no se aparezca una horda gigante de zombies y me persiga. Salvo que se pongan a bailar Thriller, no tendría ningún problema. ¡Pero qué cosas digo! Estos tragos se me han subido a la cabeza”.

De pronto la brisa sopló más fuerte. Con la mirada baja y las manos tiritando, se cierra un poco más su chaqueta, como si fuera posible. Aquella noche de otoño ya comenzaba a parecer invierno. Quizás también la noche se disfrazó. Isabella está tan cubierta de abrigo y bufandas, que su típico disfraz de enfermera sexy se ha convertido en una especie de momia con tantos trapos encima.

Decide acelerar el paso y a pocos metros de su casa, levanta la mirada. Pero una silueta a lo lejos la pone a dudar: “¿Será un delincuente? Sólo esto me faltaba, debí disfrazarme de policía”. De pronto la silueta comienza a observarse mejor. La noche de Halloween pasó de terror a emoción… “No puedo creerlo, ¡llegaste!”.

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